Nos remontamos a 1086, donde las tropas de Alfonso VI, rey de León y Castilla, se enfrentará a un ejercito compuesto por almorávides y andalusíes en Zalaca. Los Almorávides surgen en el norte de África de la mano de Abdalá ben Yasin, quien comenzó, en la primera mitad del siglo XI, a difundir la doctrina suní malikí por las regiones occidentales del desierto del Sahara. Su intención era implantar su doctrina ortodoxa en los ámbitos magrebí y sahariano. A su muerte le precede Abu Bakr, quien aglutina en su manos el liderazgo religiosos y militar. Éste delegará su mando a Yúsuf ibn Tasufín.
El nuevo líder almorávide aunaba una serie de cualidades necesarias para la expansión del movimiento almorávide. Entre esas cualidades destaca su austeridad, su valentía, su generosidad y su habilidad como comandante y estratega. Éste mostraba un gran desprecio por los gobernantes de los reinos de taifas, quien reprochaba su falta de rigor y esfuerzo, su dejadez en la costumbres y la inacción ante el avance de los cristianos.
El desembarco almorávide en la Península
Durante seis años Yúsuf estuvo ignorando la petición de ayuda por parte de algunos gobernantes de taifas como al-Mutawákkil ibn Aftas de Badajoz. Entonces, ¿Qué fue lo que motivo a los almorávides a desembarcar en al-Ándalus? La caída de la ciudad de Toledo en manos de Alfonso VI. Este acontecimiento provocó una nueva oleada de peticiones de ayuda a Yúsuf por parte de las taifas de Sevilla, Badajoz y Granada. Será Al-Mutámid quien proporciona a los almorávides un punto de desembarco en Algeciras y abastecimientos para sus tropas.
Yúsuf ordenó a los andalusíes unificar fuerzas para emprender una campaña militar contra los cristianos. Además, se comprometió a no presionar a ningún territorio controlado por ellos. Los almorávides se instalaron en Sevilla. Desde allí, Yúsuf lanzó un llamamiento a todos los gobernadores de taifas para que acudieran allí para concentrarse y comenzar el ataque a los cristianos. El contingente granadino se reunió con el restos del ejército islámico en las cercanías de Jerez de los Caballeros (Badajoz).
La decisión de desplazarse a taifa de Badajoz donde se enfrentaria con los cristianos fue de Al-Mútamid. Decidido por su enemistad y su miedo a una posible represalia de los cristianos en caso de ser derrotados. El lugar que escogieron para provocar una batalla campal fue Coria, cerca de la taifa de Badajoz y cercana a Toledo.

El camino a Zalaca
Alfonso VI recibió la noticia del desembarco de los almorávides en Zaragoza, cuando la estaba asediando. Suponemos que la noticia no tuvo que ser de su agrado, pues decidió rápidamente levantar el asedio a la ciudad y desplazarse rápidamente a Toledo. Al igual que hizo Yúsuf, realizó un llamamiento a los cristianos para que acudieran en su apoyo. A éste acudieron castellanos, aragoneses y catalanes. Entre los más destacados estaban Álvar Fáñez y Sancho Ramírez, rey de Aragón.
Tras partir de Toledo con rumbo a Coria en busca del enemigo, el avance de las tropas cristianas debió de ser rápido y forzado. Durante la marcha, Alfonso VI fue informado de que las huestes musulmanas se hallaban cerca de Badajoz. El plan de Yúsuf era provocar una batalla campal y, con tal fin, envió una misiva de desafío al monarca, quien no dudó en aceptar. Durante el camino al encuentro se produjeron enfrentamientos esporádicos entre ambos bandos.
El inicio de la batalla de Zalaca
La batalla se libró en la inmediaciones de Badajoz, en el espacio comprendido entre las elevaciones de Santa Engracia y el río Génova, con los campamentos enfrentados a una distancia de seis kilómetros. El bando musulmán contaba con una gran ventaja con respecto a los cristianos. Tuvieron tiempo suficiente para reforzar su posición mediante empalizadas y fosos orientados hacia el frente. Por su parte, los cristianos, apremiados por el tiempo, emplearon sus carros como obstáculo perimetral, reforzando los puntos críticos con fosos y atalayas en los accesos.
Según el relato de Ibn al-Kardabus, Yúsuf tomó posiciones frente al enemigo, mientras que al-Mutámid y las huestes andalusíes se situaron a su retaguardia. Sin embargo, el rey taifa de Sevilla, disconforme con dicha ubicación, trasladó su emplazamiento a un paso entre dos montañas; una decisión que, a la postre, tendría consecuencias catastróficas para los andalusíes.
El ataque sorpresa de Alfonso VI
Entre ambos líderes acordaron un día para la batalla. Según nos cuenta Ibn al-Kardabus, Alfonso VI propuso el sábado, pues el viernes es el día festivo de los musulmanes y el domingo de los cristianos. Sin embargo todo era parte de un engaño planeado por el monarca cristiano.
Al amanecer del viernes 23 de octubre, el ejército cristiano lanzó un ataque fulminante que sorprendió al campamento andalusí. La ofensiva se organizó en dos líneas de caballería: el grueso de la mesnada en vanguardia y la guardia personal del monarca en segunda instancia, mientras la infantería permanecía en reserva a la espera de la señal del avance. Ante el ímpetu del embate, las huestes andalusíes se desmoronaron en una huida desordenada, permitiendo a los cristianos obtener una ventaja temprana mediante el saqueo y la captura del enemigo.

Contamos con el relato de Ibn al-Kardabús sobre el ataque lanzado por las tropas cristianas al campamento de los andalusíes:
Cuando fue el alba de la noche del viernes, el Maldito envió delante sus escuadrones, reunió alrededor suyo los flancos [del ejército] y se dirigió en dirección del campamento de Al-Mutamid y de los régulos de al-Ándalus -porque creía que era el campamento del Emir de los Muslimes- y aquellos no se dieron cuenta de ellos sino cuando sus espadas entraron en sus cuellos y sus lanzas bebieron en su sangre, entonces la gente emprendió la huida a modo de las cabras montesas por aquellas montañas y llanura. Al-Mutamid como el pardo león, sin embargo, los detuvo y los acorneó con las astas en una lucha a cornadas, manteniéndose firme con la imperturbabilidad y la solidez de la alta montaña hasta que se cubrió de heridas.
El Cid. Historia y mito de un señor de la guerra.
El final de la batalla de Zalaca
Sorprendentemente, los almorávides evitaron intervenir en auxilio de sus aliados. Según el Kitáb al-iqtifá, Yúsuf sentenció con frialdad «Dejadlos un poco hasta que perezcan, pues todos ellos son mis enemigos« Esta pasividad inicial sugiere que Yúsuf veía en los reyes de taifas una amenaza similar a la cristiana; no obstante, la tesis más plausible es que buscaba el desgaste mutuo de ambos bandos antes de comprometer sus propias fuerzas.
La batalla derivó entonces en un choque entre los caballeros cristianos y la infantería almorávide. Para evitar que el enemigo se reorganizara o penetrara en sus defensas, Yúsuf ordenó cargar a su caballería, que aguardaba oculta tras la contrapendiente de un loma. En la confusión, algunos jinetes lograron alcanzar el campamento cristiano, aunque solo hallaron a su paso a criados, enfermos y personal no combatiente.
Así nos lo cuenta nuestro cronista Ibn al-Kardabús:
[…] cuando estuvo seguro que la mayoría de ellos habían sido muertos o hechos prisioneros, pensó que ya había llegado la hora de hacer presa en el enemigo, puesto que se hallaba distanciado de su campamento. Entonces se puso en marcha y dirigiéndose con su ejército al real del enemigo se apoderó de él, lo destruyó por completo y lo saqueó; en él mató a uno diez mil, entre infantes y caballeros, y no quedaron de ellos más que esforzados varones alanceados. Luego se fue tras las trazas de Alfonso […] y pusieron las espadas en su espaldas y las lanzas en sus gargantas; entonces [los cristianos] fueron derrotados y huyeron fugitivos, expulsados, escondidos y rechazados.
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En un principio pareció que la suerte estaba del lado del monarca cristiano, sin embargo, esa suerte se desvaneció y acabó sufriendo una dura derrota. Un gran número de infantes y caballeros cristianos perdieron la vida, mientras que el rey consiguió escapar con vida, aún estando herido en la pierna por una lanza.
Fuentes como la obra Al-Mu’jib fi Talkhis Akhbar al-Maghrib de Abd al-Wahid al-Marrakushi describe cómo, tras la victoria del ejercito musulmán, se ordenó cortar las cabezas de los muertos cristianos para construir una suerte de alminares desde las cuales los muecines llamaron a la oración de la tarde.
Otra crónica de Al-Hulal al-Mawshiyya nos dice que las cabezas fueron enviadas en carretas a Sevilla, Córdoba y otras ciudades de al-Ándalus, e incluso al norte de África para anunciar el triunfo del islam sobre el cristianismo.

Pese al severo revés que Sagrajas supuso para las armas cristianas, el reino no tardó en reorganizarse, volviendo a medir sus fuerzas con el poder almorávides en 1088 durante el asedio de Aledo. Tras su triunfo, Yúsuf ibn Tasufín se vio obligado a retornar a sus dominios en el Magreb para atender asuntos sucesorios y de Estado. No obstante, este no sería su último paso por la península: el emir cruzaría el Estrecho en cuatro ocasiones adicionales para liderar nuevas ofensivas contra los reinos del norte.
¿Cuáles fueron las consecuencias de la derrota?
La derrota de los cristianos se debió, fundamentalmente, a dos factores: la falta de preparación ante el ataque sorpresa y una deficiente planificación. Por un lado, Alfonso VI carecía de experiencia en batallas campales, aún menos contra un contingente norteafricano que destacaba por su disciplina y combatividad. Por otro lado, el ejercito cristiano venía de realizar una extenuante marcha, a diferencia de las fuerzas almorávides y andalusíes, que se encontraban ya asentadas en el terreno desde días antes. Esa disparidad resultó determinante, al enfrentar a una tropa agotada contra un enemigo descansado antes del inicio de la batalla.
Las consecuencias de este enfrentamiento transformaron el escenario peninsular en varios niveles:
En primer lugar, el choque alteró profundamente las relaciones entre la cristiandad y el islam en la Península, convirtiéndose en uno de los antecedentes que impulsaría al papado a proclamar la Primera Cruzada en 1095
En segundo lugar, la victoria musulmana supuso un duro golpe para el erario de Alfonso VI. Los reyes de taifas, sintiéndose protegidos por el poder almorávide, cesaron el pago de las parias (tributos). Para intentar restaurar estos ingresos, los reinos cristianos se vieron obligados a reclutar nuevos contigentes, recurriendo incluso a guerreros ultra pirenaicos.
Por último, los gobernantes andalusíes no supieron capitalizar el ahorro de las parias para reforzar sus defensas. Su persistente falta de coordinación y las rivalidades internas brindaron a Yúsuf ibn Tasufín la excusa definitiva para unificar los reinos de taifas bajo su dominio directo, consolidando así el poder almorávide frente al avance cristiano.
Bibliografía
[1] PORRINAS GONZÁLEZ, D. (2019), El Cid. Historia y mito de un señor de la guerra, Desperta Ferro, Madrid.
[2] DE LA TORRE RODRÍGUEZ, J. I. (2018), Breve historia de la Reconquista, Nowtilus, Madrid.
[3] GONZÁLEZ LANZAROTE, J. Mª. (2016), Zalaca 1086. Castilla y León frente al poder Almorávide, Almena, Madrid.