La industria textil gozó de gran prestigio durante el siglo XVI. Gracias al aumento de la riqueza de la clase privilegiada se impulsó el desarrollo de talleres artesanales. Sin embargo, ya hablamos de la industria textil castellana en otro post, así que ahora nos centraremos en los sistemas de producción. Nos encontramos con dos sistemas: uno gremial-artesanal y otro doméstico. ¿En qué consistían cada uno de ellos?
Sistema gremial-artesanal
La característica principal del sistema gremial-artesanal es su estructura jerarquizada. Al ser un sistema rígido, todo estaba estrictamente controlado para evitar la competencia desleal y asegurar la calidad.
Su organización laboral se dividía en tres escalones:
- Maestros: Eran los dueños de los talleres y las herramientas. De entre ellos salían las autoridades del gremio encargadas de hacer cumplir las normas.
- Oficiales: Trabajadores cualificados que cobraban un salario estipulado para evitar desigualdades. Para ascender a maestro necesitaban aprobar un examen (obra maestra), y tener dinero para abrir su propio taller.
- Aprendices: Jóvenes adolescentes que vivían en la casa del maestro. No cobraban salario; recibían alojamiento, comida y formación a cambio de su trabajo y tareas domésticas.
Todo esto se regulaban mediante ordenanzas ¿Qué función tenía? Controlaban las técnicas de producción, las materias primas, la calidad de la lana y el precio final. Por ejemplo, en Toledo se estableció una ordenanza específica para unificar la técnica de tejer terciopelos

El sistema gremial concentraba todas las fases de producción en un único espacio (el taller urbano). Priorizaban la calidad sobre la cantidad y mantenían un equilibrio social: un maestro podía enriquecerse, siempre que no arruinara a los demás. Sin embargo, este tradicionalismo les impidió innovar y adaptarse a las modas, provocando su declive a partir del siglo XVIII.
Sistema domestico o a domicilio (Domestic System)
El sistema doméstico era una organización del trabajo rural que surgió como alternativa a la rigidez gremial. Aquí, las familias campesinas compaginaban el trabajo en el campo con la producción textil para obtener ingresos extra.
Dentro de este modelo, existían dos modalidades según la independencia del trabajador:
- Kaufsystem (sistema de compra): El artesano era más independiente. Compraba su propia lana, la tejía y vendía el paño en el mercado, asumiendo él el riesgo económico.
- Putting-out-system (Sistema de encargos): Un comerciante-empresario entregaba la materia prima al campesino y le pagaba por pieza terminada. Aquí el campesino perdía su independencia y se convertía prácticamente en un asalariado.

En este entorno, el papel de la mujer fue fundamental. Mientras los hombres solían encargarse de telar o del campo, las mujeres y los niños realizaban el hilado, una tarea lenta pero imprescindible.
Este sistema tuvo profundas consecuencias sociales que los gremios no permitían. Al no depender de heredar un taller o tierras para subsistir, los jóvenes rurales pudieron casarse antes, lo que provocó un aumento de la natalidad. Sin embargo, el control del tiempo era laxo. A diferencia de la fábrica moderna, aquí regía la orientación al quehacer: no se trabajaba por horas, sino hasta terminar la tarea, mezclando el trabajo con la crianza de los hijos o las tareas del hogar.
Esto daba lugar a una semana laboral muy irregular. Era común trabajar intensamente ( el arreón) de jueves a sábado, trabajando incluso de noche, para entregar el pedido a tiempo, y luego descansar o beber los lunes y martes. Los tejedores incluso tenían una rima popular: El lunes es hermano del domingo, el martes es otro igual. A esta costumbre de no trabajar al inicio de la semana se la llamó San Lunes, una tradición que los empresarios odiaban y trataron de erradicar.
Aunque el sistema permitía trabajar en casa, para la mujer era agotador. Como denunció la trabajadora Mary Collier en 1739, mientras los hombres descansaban tras la jornada, para ellas «el trabajo no ha hecho más que empezar» al tener que cuidar de la casa y los hijos, sin tener «casi nunca tiempo para soñar».
La producción podía repartirse: un domicilio elaboraba una fase sencilla y un taller cualificado las partes complejas. La maquinaria podía ser propiedad del trabajador o alquilada al empresario, lo que generaba conflictos por abusos en el alquiler. Finalmente, el comerciante recogía, pagaba y vendía la mercancía.
Este sistema tenía ventajas y desventajas. La mano de obra era barata y evitaba el control gremial, pero la calidad del producto era más baja o irregular. Al carecer de la formación estricta de los gremios, se producían telas más baratas y ligeras (pañería nueva), que sin embargo, encajaba mejor con la moda cambiante y el mercado masivo. Era, en definitiva, un sistema dinámico con estructuras capitalistas, donde el fin último del comerciante era maximizar beneficios.
Conclusión
La coexistencia y lucha entre estos dos sistemas marcó la economía de la Edad Moderna. Mientras los gremios intentaban mantener un orden medieval basado en la calidad y el proteccionismo, el sistema doméstico introdujo las bases del capitalismo: producción masiva, reducción de costes y trabajo asalariado. Este último sería el precursor directo de la Revolución Industrial.
Bibliografía
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