El reciente estreno de la película de Guillermo del Toro sobre Frankenstein, ha vuelto a poner sobre la mesa la trágica figura de la Criatura. Sin embargo, más allá de los focos de Hollywood y la narrativa gótica, existe una historia real que supera a la ficción. La idea de reanimar la materia muerta mediante una chispa no fue una invención literaria, sino una búsqueda científica documentada y macabra que tuvo lugar en los laboratorios de Europa a finales del siglo XVIII. Esta es la crónica de cómo la ciencia intentó robarle el fuego a los dioses.
¿Qué es el Galvanismo?
El término galvanismo, acuñado en honor al médico boloñés Luigi Galvani, definía la teoría de que los seres vivos poseen una electricidad inherente, distinta a la de los rayos o las máquinas: la «electricidad animal«.

A diferencia de sus rivales (como Alessandro volta, que creía que la electricidad venía del contacto entre metales), los galvanistas defendían que el cerebro generaba un fluido eléctrico que viajaba a través de los nervios, que actuaban como cables, hasta acumularse en los músculos. Según esta visión, la vida era eléctrica.
El experimento que lo cambió todo
Todo comenzó con un accidente en el laboratorio en 1780. Según sus propios registros, Galvani estaba disecando una rana preparada de una forma muy específica: decapitada y con la médula espinal perforada, dejando expuestos los nervios crurales de las patas.
Mientras uno de sus asistentes hacía funcionar una máquina electrostática cercana, Galvani tocó accidentalmente los nervios internos de la rana con la punta de un bisturí. En ese preciso instante, saltó una chispa de la máquina y, como por arte de magia, se contrajeron todos los músculos de los miembros del animal muerto, dando patadas violentas.
Galvani no se detuvo ahí. Para confirmar que no era casualidad, diseñó una segunda prueba, que consistía en colgar las ranas en ganchos de cobre o hierro en su balcón durante una tormenta para ver si la electricidad atmosférica (los rayos) tenía el mismo efecto. Y finalmente, probó en el laboratorio conectando los nervios y los músculos directamente con un arco bimetálico, cerrando el circuito. El resultado fue siempre el mismo: la materia muerta reaccionaba con convulsiones, confirmando para él que el cuerpo acumulaba su propia energía vital.

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La teoría científica: el cuerpo como una «Botella de Leyden»
¿Cómo era posible lo que había descubierto? Para explicarlo, Galvani recurrió a la tecnología de su época. Llegó a la conclusión de que el cuerpo funcionaba de manera análoga a una Botella de Leyden (el condensador eléctrico primitivo).
Según su teoría, los músculos y nervios acumulaban carga positiva en el interior y negativa en el exterior, actuando como baterías orgánicas. Los nervios eran simplemente el conductor que permitía la descarga. Para la ciencia de la época, el animal dejó de ser un ser biológico para convertirse en una herramienta: Alessandro Volta llegó a describir a la rana preparada como una «rana reoscópica«, considerándola un electrómetro orgánico mucho más sensible que cualquier aparato construido por el hombre.
El verdadero «Frankenstein»: Giovanni Aldini
Si Galvani fue el teórico, su sobrino Giovanni Aldini fue el ejecutor. Ante la oposición de científicos que negaban la electricidad animal, Aldini decidió llevar los experimento al extremo, esta vez centró su atención en cadáveres humanos.

El primer experimento fue entre enero y febrero de 1802, cerca del Palacio de Justicia de Bolonia. Allí realizó experimentos con tres criminales decapitados apenas una hora antes. Los testigos narraron con horror cómo, tras aplicar la corriente eléctrica, los cuerpos sin cabeza sufrían violentas convulsiones y aterradores movimientos de brazos y piernas, efectos que duraban hasta tres horas después de la ejecución.
El experimento de Londres: George Foster
El culmen de la fiebre galvánica ocurrió el 18 de enero de 1803 en la Royal College of Surgeons de Londres. El sujeto de la prueba fue el cadáver íntegro de George Foster, un hombre ahorcado por asesinar a su familia.
Aldini conectó una batería al cuerpo, colocando electrodos en el oído y en el recto. Los resultados desafiaron a la compresión de la época. Los músculos faciales se contrajeron en muecas grotescas y uno de sus ojos se abrió. Observaron cómo los pulmones se inflaron, simulando la respiración, y uno de los brazos se alzó con el puño cerrado, golpeando la mesa. Finalmente, el tronco del cuerpo llegó a reflexionar sobre el abdomen en una convulsión final.

El impacto fue brutal. Tal que el diario The Times reportó el suceso, grabando en la memoria colectiva la imagen de la ciencia jugando a ser Dios.
De la teoría a la novela: La influencia en Frankenstein
No es coincidencia que la novela de Mary Shelley se publicara en medio de este frenesí eléctrico. Al pertenecer a una clase educada, la autora estaba al tanto de las disputas científicas de su tiempo. La influencia del galvanismo es directa. Shelley tomó la teoría del fluido vital de Galvani y los espectáculos de Aldini para dar forma a su chispa de la vida, el mecanismo que permite a Víctor Frankenstein animar la materia inerte.
Pero la ciencia no fue su única musa. La novela también bebe de la leyenda del alquimista Johann Konrad Dippel, nacido en el verdadero castillo Frankenstein. Dippel, al igual que el protagonista del libro, buscaba la gloria científica a cualquier precio: desarrolló un elixir de la vida con aceites animales y sus escritos sugerían la posibilidad de transferir el alma de un cuerpo a otro. Esta mezcla de ciencia eléctrica moderna (Galvanismo) y ambición alquímica antigua (Dippel) fue el cóctel perfecto que permitió a Shelley crear al «Moderno Prometeo».

Conclusión
La historia real tuvo un final amargo para su creador. Luigi Galvani, un hombre de principios, se negó a jurar lealtad a la República cisalpina de Napoleón. Fue expulsado de su cátedra y murió en la pobreza poco después.
Sin embargo, su legado sobrevivió. Curiosamente, el mismo Aldini que electrocutaba cadáveres también propuso el galvanismo para tratar trastornos psiquiátricos, documentando en 1801 el tratamiento de un paciente con locura melancólica. Aquellos experimentos que parecían brujería sentaron las bases de la electrofisiología moderna. Hoy, tecnologías como los marcapasos o la estimulación cerebral profunda son los descendientes directos de aquella época en la que la humanidad creyó, por un instante y con terror, que tenía poder de la vida en la punta de un cable.
Bibliografía
[1] DE MICHELO SERRA, A. (1999), «Recordando a Luigi Galvani en el bicentenario de su muerte», Gaceta Médica de México, 135, 3, pp. 323-328.
[2] LÓPEZ VALDÉS, J. C. (2018), » Del romanticismo y la ficción a la realidad: Dippel, Galvani, Aldini y «el moderno Prometeo». Breve historia del impulso nervioso», Gaceta Médica de México, 154, pp. 105-110.