Nos situamos en en PortSmouth, frente al Solent, donde Enrique VIII contemplaba al mar desde las almenas del castillo de Southsea. Abajo, en el agua, su armada se preparaba para el enfrentamiento con la flota francesa. El Mary Rose, una veterana carraca de guerra, iba a ser la protagonista. Lo era por necesidad tanto como por orgullo: en la marina del rey, nadie ignoraba sus peligros, pero convivían con ellos porque no había demasiadas alternativas. El rey estaba presenciado los primeros instante de lo que se conoce como la batalla de Solent.
El barco viejo y capaz de desplazar más de seiscientas toneladas, había sido reparado y reconstruido en 1536 casi por completo para adaptarlo a la artillería: cañones de bronce y de hierro de varios calibres, y, junto a los arcos y flechas, todo un arsenal pólvora, un riesgo que podía suponer el incendio o la explosión del barco. Con los cañones incorporaron a este navío las portas de artillería, un elemento que como veremos fue muy traicionero. Porque una porta abierta, si queda demasiado cerca de la línea de flotación, deja de ser una boca de fuego y se convierte en una gran entrada de agua.

La batalla había recién comenzado cuando de repente sucedió algo impensable, el Mary Rose escoró peligrosamente. Los cañones se movieron. La inclinación aumentó. No había tiempo para reaccionar. Con las portas recién abiertas para la batalla, alcanzó el agua y en unos instante el ésta comenzó a entrar. En unos minutos, el almirante de la flota y la tripulación del rey vieron cómo, el buque insignia del rey, se hundía silenciosamente ante la mirada atónita de Enrique VIII. Solo salvaron la vida cuarenta hombres de los 700 embarcados.
La leyenda del Mary Rose
En un principio solo quedaron a la vista el extremos de los palos. Eso durante un tiempo, como si de una lápida se tratara. Después el mar acabó por engullirlo. Ahora quedaba solo la leyenda de un barco que naufragó antes de empezar la batalla. Sabemos que un grupo de buceadores venecianos intentaron recuperar, antes de desaparecer de la vista, los cañones y otros objetos de valor.
En 1836, un buceador llamado John Deane se interesó por localizar los restos entre el fango de Solent. Tuvo suerte. A pesar de los siglos, parte del barco, que estaba enterrado en el fondo, seguía visible. Deane y su equipo recuperaron aquellos restos superficiales como cañones, fusiles de cobre, una culebrina bastarda o lombardas de hierro forjado. Luego lo abandonaron.
Aunque el barco ya llevaba cañones “modernos”, los arqueros ingleses siguieron siendo parte esencial de la fuerza embarcada. Su destreza no era casual: una ley del Parlamento regulaba el entrenamiento en arquería, y la práctica se mantenía —según las fuentes— hasta los sesenta años. Incluso el propio Enrique VIII era conocido por tirar con arco con singular acierto.
El inventario de Anthony Anthony registra que el Mary Rose embarcaba 250 arcos, con recambios de cuerdas, y 400 atados de flechas. En las recuperaciones arqueológicas se documentaron 138 arcos y 2.000 flechas, además de doce protectores de antebrazo.
Y un detalle que intriga: algunos arcos iban grabados con las armas de Enrique VIII y de Catalina de Aragón —la rosa Tudor y la flor de lis por un lado, y el castillo y la granada por otro—. Lo llamativo es que esas marcas siguieran usándose pese a la muerte de Catalina en 1536 y el giro religioso de la época.
La rescate de Mary Rose
Tuvo que pasar más de un siglo para que Mary Rose volviera a ver la luz. El arqueólogo e historiador, Alexander McKee, con la ayuda de herramientas de teledetección, el sonar de barrido lateral y el perfilador de lodos, halló de nuevo los restos del barco.
El sonar de barrido lateral funciona de la siguiente manera: el sonar emite sonidos de alta frecuencia hacia ambos lados del sensor remolcado; esos ecos vuelven, se convierten en señales eléctricas, las cuales quedan impresos en un registrador que produce una imagen del fondo. Los obstáculos aparecen como sombras acústicas.

McKee al obtener la sonografía del fondo submarino detectó una anomalía. Ésta sugería un naufragio; pero hacía falta algo más para asegurarlo. Para eso empleo el perfilado de lodos, capaz de mostrarnos un perfil vertical de sedimentos y de revelar lo que no se ve como son estructuras enterradas.
Por suerte, los restos del Mary Rose quedaron destapados por un temporal en 1971. En ese momento McKee, junto a la historiadora Margaret Rule y otros colaboradores, organizaron una campaña de prospección con buceadores. Finalmente, después de un arduo trabajo de búsqueda, dieron con la localización exacta del navío de guerra de Enrique VIII, el cual estaba exactamente donde se había hundido en 1545.
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El proceso de rescate
En 1979 comenzó la excavación para extraer el contenido y estudiar el casco. Para ello se realizaron veinticinco mil inmersiones con un gran problema para los buceadores: la mala visibilidad. Tampoco fue un impedimento, fueron subiendo piezas. Entre ella, algunas piezas de madera y una lombarda de hierro forjado de carga frontal. Poco a poco el barco empezó a reaparecer ante los excavadores. Uno de los costado estaba en muy buen estado de conservación, y el fango, que durante siglo lo tenía oculado, reveló un gran tesoro humano y material, entre ello, munición, instrumento musicales, ropa de los tripulantes, la campana de bronce del barco, etc. Más adelante detallamos todos los restos hallados en el Mary Rose.
En 1978 tuvieron que tomar la decisión de si sacaban el barco a la superficie o excavarlo en el fondo y liberarlo del peso para que no hubiera riesgos a la hora de levantarlo de quebrantamiento o deformaciones. Al final tomaron la segunda opción. Menos riesgos para conservar la estructura del barco. De plazo tuvieron tres años
Desde que se encontró hasta su extracción a la superficie duró once años el proceso de excavación y documentación. En 1982, estaba listo para extraer el casco. La pregunta es: ¿Cómo consiguieron extraer el casco de una sola vez? Para ello desmontaron parte de la estructura y construyeron un enorme armazón que soportara su peso y sirviera de cama. En junio de 1982, el costado de estribor con parte del castillo de popa estaba literalmente colgado de la gran estructura de hierro, pendiente de una grúa enorme, para depositarlo en un soporte hecho a medida.

La operación fue todo un éxito. Quinientas ochenta toneladas fueron elevadas sin problemas, mientras el Mary Rose yacía en la misma posición que tenía cuando estaba hundido en el fango, entre Portsmouth y la isla de Wight.
A día de hoy el conjunto reposa en la Base Naval de Portsmouth, sometido a un tratamiento de conservación riguroso. Si algunas vez tiene la oportunidad de visitarlo, no lo dudes.
Los restos hallados de Mary Rose
De todos los objetos que se hallaron en el Mary Rose, no se encontraba el famoso silbato de oro que, según las crónicas, el rey habría colocado a Sir George Carew (almirante en jefe), así como las chupas blancas y verdes inventariadas para ciertos miembros de la dotación. Esa ausencia, paradójicamente, nos demuestra que el barco no devuelve que deseaban, sino lo que el mar dejó. Y lo que dejó fue enorme
Entre los más de 2.000 objetos de valor museístico extraídos del casco, destaca una imagen casi íntima: una caja de castaño cuyo contenido apareció totalmente intacto. Dentro, alineados había recipientes de madera torneada con ungüentos y granos de pimienta. Dos de esos ungüentos fueron analizados y resultaron contener una resina que podría tener incienso, identificada como uno de los componentes de unguentum apostolorum, utilizado entonces para favorecer la cicatrización. El botiquín se complementaba con otro elementos sacados de la mesa de trabajo como son rollos que debieron ser apósitos, jeringas de bronce y peltre, navajas de afeitar, un gran mortero, un recipiente para sangrías, un escalpador, y envases y cajas para drogas, algunas aún sin abrir.
En el sollado aparecieron cajas de propiedad privada con muestras de vestuario como chupas, calzas muy similares a los leotardos actuales, boinas, gorros, y algunas prendas de singular elegancia que pudieron pertenecer a oficiales. El calzado era variado: desde modelos ligeros y de corte cuidado hasta botas de piel que llegaban a la rodilla.
Entre los restos salieron a la luz instrumentos musicales como un oboe, flautas, tamboriles e instrumento de cuerda. Y, algo imprescindible para dar ordenes, los pitos de órdenes de los contramaestres.
¿Qué alimentos tomaban la tripulación del barco? Pues hallaron restos materiales de comida como esqueletos de cerdo y una caja con raspas de pescados sin cabeza, posiblemente sardinas. Los laboratorios identificaron huesos de buey, cordero y venado. Y hay un hallazgo precioso por lo improbable: guisantes frescos, aún en sus vainas, unidos todavía al tallo de la planta. Las bebidas aparecían en jarras de maderas, construidas con duelas, y en frascos de cristal recubiertos de mimbre o cuero, de diversas formas.
No tuvo que dejar de ser impactante para los excavadores hallar docenas de esqueletos, algunos sobre colchones, en la cala, con sus ropas intactas. Dos jóvenes, seguramente arqueros, aparecieron uno sobre otro, junto a la escotilla de la cubierta principal. Entre ellos había una capa herrumbrosa que sugiere que alguno pudo llevar coraza. Finalmente esos huesos recibieron una sepultura con honores militares tras finalizar su estudio.
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La artillería
En cuanto al armamento, lo recuperado compone un conjunto heterogéneo donde predominan grandes lombardas de más de 20 cm de calibre, cargadas con servidor por detrás, construidas con duelas de hierro unidas longitudinalmente y reforzadas por aros pasados en caliente.

Los cañones de bronce destacan como las piezas más modernas disponibles en 1545, con belleza decorativa, relieves heráldicos y datos de fecha y autor. Y un detalle técnico interesante: el hallazgo de piezas distintas, separadas durante un periodo, sugiere por su ubicación en cubierta, que se utilizaban simultáneamente.
En combate, mientras las piezas de fundición de carga por la boca hacían disparos de largo alcance, esencialmente antibarco, las lombardas podían lanzar proyectiles de piedra que se rompían al impacto, o pequeños proyectiles de hierro y plomo. Incluso aparecieron a bordo moldes de fabricación, lo que apunta a una gestión práctica de munición. El resultado: una potencia de fuego que buscaba ritmo y cobertura, apoyando a los arqueros en la corta distancia.
Bibliografía
[1] LEÓN AMORES, C. (2025), Buceando en el pasado. Los grandes naufragios de la historia, Alianza, Madrid.
[2] PASTOR QUIJADA, J. (1984), «La pérdida y recuperación del Mary Rose», Revista general de marina, t. 206, nº 2, pp. 227-236.