
¿Por qué un estudiante de historia debería leer La historia de la religión de David Hume? Por la sencilla razón de que nos ofrece una explicación racional y empírica del origen y evolución de las creencias religiosas. Es imprescindible si queremos entender cómo la Ilustración replanteó el estudio de la religión desde una perspectiva crítica. Este filósofo, historiador y ensayista escocés presentó una crítica a la religión en dos de sus obras principales: Historia Natural de la Religión y Diálogos sobre la Religión Natural.
Vida y obra
David Hume nació el 26 de abril de 1711 en Edimburgo, en el seno de una familia acomodada. Tras la muerte de su padre en 1713, su madre crió sola a él y a sus dos hermanos, John y Katherine. Desde niño mostró curiosidad por la literatura y devoró a autores clásicos como Cicerón. Aunque su familia quiso que estudiara leyes en la universidad, Hume nunca llegó a obtener un título en Derecho y pronto descubrió que sus verdaderos intereses estaban en la filosofía y la escritura. Criado como calvinista, asistía a misa cada domingo, pero renunció a esas prácticas durante la adolescencia, inclinándose hacia un pensamiento más escéptico.
Ya de joven, Hume pasó temporadas en Francia y alternó su residencia entre Londres y Edimburgo. Se dedicó por completo a la redacción y revisión de sus obras, y también ocupó cargos oficiales: entre 1752 y 1756 fue bibliotecario del Colegio de Abogados de Edimburgo, una labor que le garantizó estabilidad económica. En sus cartas subraya que, aunque partió de recursos modestos, su comodidad material final obedeció al fruto de su esfuerzo y no a ninguna fortuna heredada.
Alrededor de 1729-1730 Hume experimentó un cambio radical en su forma de pensar. Muchos estudiosos atribuyen ese giro al impacto de los descubrimientos de Isaac Newton, que mostraron cómo la ciencia podía explicar fenómenos naturales mediante universales. Hume llevó esa misma ambición al estudio de la mente humana: propuso una «ciencia de la naturaleza humana» dedicada a entender nuestras pasiones, creencias y comportamientos sin recurrir al dogma religioso.
Además de inspirarse en el método empírico de Newton, Hume recuperó la mirada naturalista de los clásicos griegos y latinos para describir la condición humana. Con ello sentó las bases del empirismo moderno y abrió el camino a una reflexión sobre la moral, el conocimiento y la religión que prescindía de explicaciones teológicas, influenciando de forma decisiva a generaciones posteriores de filósofos y científicos sociales.
Influencias y obras clave de David Hume
En su juventud, Hume bebió de varias corrientes intelectuales que marcaron su estilo y sus ideas. La filosofía del sentimiento y la escuela británica del sentido común le impulsaron a escribir su obra magna, el Tratado de la naturaleza humana, en la que intentó aplicar el método experimental (tan propio de la ciencia) al estilo de la moral y la mente humana.
Los primeros libros del Tratado los redactó durante su estancia en Francia. Allí profundizó en las ideas racionalistas de Descartes y Malebranche, y tomó ejemplo del entorno católico para ilustrar sus argumentos. En una de sus visitas conoció a Rosseau, con quien mantuvo una efímera amistad que se rompió cuando éste publicó un polémico ataque a las ideas de Hume sobre el ateísmo.
Mientras ejercía como bibliotecario del Colegio de Abogados de Edimburgo (1752-1756), Hume también escribió la Historia de Inglaterra (1754-1762), en seis volúmenes. Su relato destaca por una mirada secular y naturalista: considera los grandes acontecimientos británicos como el resultado de fuerzas humanas y sociales, más que de la intervención divina.
Entre sus otros trabajos sobresalen:
- Investigación sobre el entendimiento humano (1748), donde revisa y simplifica ideas de su Tratado.
- Investigación sobre los principios de la moral (1751), dedicada al análisis de lo que motiva nuestras acciones.
- Historia natural de la religión (1757), que traza de forma deductiva cómo nacen y evolucionan las creencias religiosas.
Cerca del final de su vida, Hume sufrió una dolencia intestinal que le obligó a retirarse al campo. Allí pasó sus últimos meses intentando preparar la publicación de sus Diálogos sobre la religión natural, y fallecido el 25 de agosto de 1776, dejando un legado que continúa influyendo en la filosofía y las ciencias sociales.

La estatua de David Hume, ubicada frente al tribunal superior escocés en Royal Mile, tiene el dedo gordo del pie derecho visiblemente desgastado. Ésta, como muchas otras estatuas, son frotadas como un gesto de «atraer suerte». Curiosamente, ironías de la vida, Hume era crítico con el pensamiento supersticioso y de las creencias infundadas. Por tanto, la idea de muchos de frotar el dedo por superstición, en cierto modo, es contrario a las ideas de este gran pensador.
Análisis de Historia natural de Religión
¿Qué nos quiere trasmitir David Hume con La historia natural de las religiones? En esta obra Hume nos ofrece principalmente una crítica radical a la religión: no ve en las creencias teístas el fruto de la razón, sino el resultado de pasiones humanas (el miedo y la ignorancia) que da origen primero al politeísmo y luego al monoteísmo. Su tesis es que los credos no descansan en argumentos filosóficos sino en dinámicas psicológicas inestables, por lo que la religión termina corrompiendo la moral y la filosofía.
El origen de la religión
Hume afirma con rotundidad que el «politeísmo o la idolatría fue, y debió de ser, la primera y más antigua religión de la humanidad». Según podemos ver todos los vestigios antiguos, los restos arqueológicos y crónicas de civilizaciones antiguas, muestran que adoraban múltiples divinidades (unas ligadas a fenómenos naturales, otras a ámbitos sociales). Sí existiera un monoteísmo original, sería imposible explicar cómo pudo sobrevenir el politeísmo.
Para que lo entendamos bien, imagina que desde siempre existiera una verdad indiscutible, algo tan claro y convincente que nadie pudiera dudar de ella. Digamos por ejemplo que «el sol gira alrededor de la tierra.» Si eso hubiera sido obvio y evidente, nadie después vendría a decir lo contrario. Nadie transformaría esa idea en otras distintas. Pues al estudiar las religiones antiguas, Egipto, Grecia, Roma o civilizaciones precolombinas, vemos que todos adoraban a varios dioses. Si desde un principio hubiera «sido obvio» que solo hay un Dios, ¿por qué la gente habría creado docenas de dioses diferentes?
De ahí que Hume pensara que «si el monoteísmo fuera el punto de partida lógico y evidente, jamás habría degenerado en politeísmo». Es decir, la única forma de explicar que primero existieran muchas deidades y luego surgiera la idea de un solo Dios es admitir que el pensamiento religioso no surge de una verdad clara sino de procesos más humanos: miedo, ignorancia y la tendencia a simplificar y jerarquizar esos muchos dioses en uno solo.
La razón
Hume plantea dos cuestiones fundamentales:
- Fundamento racional de la religión: Según Hume, «todo el sistema de la naturaleza nos habla por sí mismo de un autor inteligente». Esta convicción se vio reforzada por el éxito de la cosmología newtoniana, que describía un universo ordenado y armonioso digno de un «creador supremo». Hume adopta ese modelo como punto de partida, pero puntualiza que su fuerza radica más en las emociones (miedo, admiración) que en la razón pura.
- Origen en la naturaleza humana: A pesar de la aparente claridad de la idea de un único Dios, Hume observa que la fe religiosa nunca ha sido uniforme: no surge de un instinto primario, sino de pasiones y de accidentes históricos que generan primero el politeísmo y luego monoteísmo.
Las pasiones
Según David Hume, la religión nace de la necesidad de explicar los acontecimientos inciertos de la vida -enfermedades, muerte, fenómenos climáticos, fortuna y adversidad-, que despiertan en el ser humano pasiones contrapuestas de esperanza y temor. Al desconocer las causas de esos sucesos, la «multitud ignorante» las atribuyen a agentes invisibles e inteligentes, sobre los cuales espera ejercer algún control mediante oraciones y sacrificios.
Agitados especialmente por el miedo, los humanos observan con curiosidad temblorosa el curso de las causas futuras y los diversos y contrarios sucesos de la vida. En este escenario inquietante, vislumbran los primeros indicios oscuros de divinidad, al concebir poderes superiores que ordenan el mundo.
Incapaces de imaginar a un ser puramente espiritual, proyectan en los dioses rasgos humanos y los asocian a objetos sensibles. Por ejemplo, la guerra con Marte o las cosechas con Ceres. Cada divinidad, limitada a un aspecto de la vida, refleja la necesidades concretas de distintos grupos sociales.
Hume sostiene que el politeísmo fue la forma original de religión y que el monoteísmo surge cuando un culto impone la supremacía de un único dio sobre los demás, elevándolo con todas las perfecciones hasta hacerlo el ser supremo. Sin embargo, la misma inestabilidad de las pasiones, temor a la fragmentación del poder divino y deseo de mediadores, conduce al reemergimiento de autores subordinados o demiurgos, provocando un vaivén entre el politeísmo y monoteísmo.
Según Hume, el politeísmo favorece la tolerancia, pues al limitarse a cada dios a una esfera, permite la coexistencia de múltiples deidades y la asimilación de cultos extranjeros. Por ejemplo, los romanos adoptaron a la diosas egipcia Isis. En cambio, el monoteísmo, al reclamar la exclusividad de un solo dios, tiende a la intolerancia y a la persecución de heterodoxos (judíos, cristianos, mahometanos, zoroastrianos), salvo excepciones forzadas por autoridades civiles.
Por otro lado, el politeísmo ejerce menos presión dogmática sobre las almas, carece de dogmas inflexibles basados en escrituras, y no exige virtudes pasivas como la mortificación y la penitencia. En cambio, el monoteísmo, anclado en textos sagrados, impone dogmas rígidos y promueve virtudes monásticas (humildad, sumisión), además de defender grandes absurdos que no satisface a la razón.
Superstición y fanatismo
Para Hume, la superstición es la forma más perniciosa de religión falsa porque nace principalmente del miedo al mal inevitable. Hume sostiene que cuando no entendemos por qué suceden las desgracias (enfermedades, catástrofes o muerte), el temor que sentimos nos empuja a inventar explicaciones sobrenaturales.
A diferencia de las esperanza (que nos genera alegría), el miedo nos genera tristeza y ansiedad, y nos lleva a buscar con urgencia un amparo divino. Creemos que alabando a Dios o los dioses podremos aplacar su ira o ganar su favor. Sin embargo, cuanto más lo alabamos, más poder y sabiduría les adjudicamos. Cuanto más poder más miedo. Hasta el punto de pensar que ningún secreto escapa al escrutinio de la divinidad. En lugar de sentirse confortados, quedan más inquietos, porque temen su omnisciencia y su capacidad de castigo.
A veces estos piensan que ciertas acciones de la divinidad son crueles o injustas, pero no se atreven a criticarla abiertamente. Entonces justifican estos actos «aparentemente malos» diciendo que deben ser en realidad «perfectos y adorables». Este doble rasero, miedo profundo más sumisión condicional, genera un estado de angustia continuo.
Nuestro temor natural nos hacer concebir un dios que puede ser vengativo o malicioso. Por otro lado, nuestra inclinación por la adulación nos lleva a imaginar a un ser bueno, sabio y benévolo. Sostenemos simultáneamente dos imágenes opuestas: un dios cruel que castiga y un dios generoso que recompensa.
Hume sostiene que la superstición en lugar de aportar consuelo, profundiza en la infelicidad. Al oscilar entre terror y obligación de alabar, el creyente queda atrapado en un estado de ansiedad y conflicto interno, sin hallar paz ni claridad.
Moral
David Hume sostiene que la religión, lejos de perfeccionar la moral, tiende a corromperla. Hume Sostiene que las prácticas religiosas no promueven el cultivo de virtudes humanas, sino que desvían la atención hacia ritos frívolos o supersticiosos que buscan ganarse el favor divino sin promover el ejercicio de la virtud.
¿Qué es la virtud para Hume? Según él, la virtud es toda cualidad del carácter que provoca una aprobación general y un sentimiento placentero en el observador. La fuente de la moralidad, por tanto, no es la religión, sino el sentimiento moral humano, basado en la simpatía y en la utilidad social.
Sin embargo, Hume señala que muchos creyentes no consideran suficiente la virtud natural para complacer a la divinidad. Acciones como cuidar de los padres, ser buen amigo o cumplir con los deberes cívicos, aunque universalmente aprobadas, son vistas por los religiosos como insuficientes desde el punto de vista espiritual, porque solo benefician a la sociedad y no al ser divino.
La mayoría de las personas seguirán buscando el favor divino no a través del ejercicio de la virtud y la buena moral, sino mediante prácticas frívolas, mostrando un celo desmedido, experimentando éxtasis o creyendo en opiniones misteriosas o absurdas.
En su lugar, buscan satisfacer a Dios mediante conductas ascéticas o que impliquen sacrificios: el celibato, el ayuno, la mortificación, el silencio, ect. Estas prácticas, afirma Hume, no tienen valor moral intrínseco, pero son consideradas meritorias porque supuestamente agradan a un ser perfecto que exige sumisión y renuncia. En otras palabras, esas prácticas no beneficia al individuo en la vida terrenal, pero sí le conceden el favor divino. Este es protección y seguridad en este mundo, así como felicidad en la vida eterna.
Hume critica que tales prácticas fomentan una moral superficial, basada en lo ceremonial y no en lo ético. Pero aún: acciones crueles o fanáticas pueden justificarse en nombre Dios. Hume señala cómo los actos más atroces han sido cometidos por aquellos que creen servir a Dios, y que luego buscan redimirse mediante ritos, penitencias o rezos, en lugar de reparar el daño o actuar con justicia.
Este mecanismo crea un círculo vicioso: la culpa religiosa genera angustia, y la angustia impulsa a los individuos a entregarse aún más a rituales que no fomentan la verdadera virtud.

Finalmente, Hume sostiene que la religión suele presentar a la divinidad con atributos humanos deformados, como el capricho, la venganza o incluso la crueldad. Esto responde a un deseo de los ministros y sacerdotes de infundir temor en los fieles, volviéndolos más sumisos y dispuestos a renunciar a su juicio racional en favor de una obediencia ciega a la autoridad eclesiástica.
Conclusiones
Hemos visto que Hume sostiene que la religión no nace de la razón, sino de las pasiones humanas, en particular del miedo y la esperanza frente a eventos inciertos de la vida (muerte, enfermedades, catástrofes). Estos efectos negativo llevaron a los seres humanos a imaginar a seres superiores que controlaban esos fenómenos.
Por un lado, Hume argumenta que el politeísmo precede históricamente al monoteísmo. Por otro lado, considera que el monoteísmo, al concentrar todo el poder en un único dios, tiende a la intolerancia, el fanatismo y la represión moral, a diferencia del politeísmo, que permite más pluralidad y tolerancia.
Hume sostiene que la religión en lugar de fomentar las virtud, ésta promueve prácticas sin valor moral intrínseco, que se consideran meritorias solo por complacer a la divinidad. Éste denuncia que la superstición nace del miedo y conduce a una visión sombría del mundo, provocando angustia, culpa y servilismo, en lugar de fortalecer el juicio racional y la felicidad personal.
Por último, los dioses son proyecciones exageradas de cualidades humanas, como la cólera o el pode arbitrario. Esto facilita el control social por parte de las autoridades religiosas, que explotan el miedo a la divinidad para someter a los creyentes.
Bibliografía
[1] J .A. MERCADO (2008), «Hume, David», Philosophica. [consultado en: https://www.researchgate.net/publication/324504881]
[2] J. L. Fernández (2002), «Hume: Crítica de la religión natural», scripta theologica 33, 465-493.
[3] D. Hume (1992), «Historia natural de la religión», tecno, Madrid.