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DE IMPERIOS A NACIONES

La otra Guerra Fría, Ramón González Férriz

Los conflictos geopolíticos no responden nunca a una sola causa. Suelen ser el resultado de múltiples factores: económicos, territoriales, políticos, personales o incluso accidentales, que se acumulan y se combinan. En el caso de la Guerra Fría (1946-1989), aunque estuvieron presentes muchos de estos elementos, el rasgo más característico fue su naturaleza ideológica. A diferencia de otros conflictos globales, la Guerra Fría fue, ante todo un choque de ideas.

Los dos bloques enfrentados, capitalista y comunista, no solo competían por influencia política o poder militar, sino que defendía visiones radicalmente opuestas del ser humano, del Estado, del mercado, de la cultura y del bien común. Discrepaban sobre cómo debía organizarse una sociedad, qué papel debía desempeñar el Estado, para qué servía el arte o cómo debían entenderse conceptos como «libertad» e «igualdad». Ambas partes estaban convencidas de que la convivencia entre esos modelos era imparable a largo plazo y de que solo uno acabaría imponiéndose.

Durante más de cuatro décadas, esta rivalidad impregnó prácticamente todas las dimensiones de la vida humana. Aunque la política, la diplomacia y la amenaza de guerra nuclear fueron sus manifestaciones más visibles, el enfrentamiento se trasladó con enorme intensidad al terreno de la cultura, entendida en un sentido amplio: literatura, cine, música, artes plásticas, educación, medios de comunicación e incluso hábitos cotidianos.

Para entender ese enfrentamiento cultural contamos con el libro La otra Guerra Fría. Cómo el capitalismo y el comunismo convirtieron la cultura en un campo de batalla(Alianza Editorial), de Ramón González Férriz, donde el autor no pretende ofrecer una historia total de la cultura del periodo, sino seleccionar episodios significativos que nos ayudan a comprender cómo la cultura se convirtió en un campo de batalla. Veremos como a lo largo del tiempo, estas expresiones culturales no solo reflejaron las tensiones ideológicas, sino que también contribuyeron a moldearlas.

Ramón González Férriz, periodista y editor.

El contraste entre ambos sistemas resulta especialmente revelador. En el bloque soviético, la cultura quedó fuertemente subordinada al Estado, sometida a censura y encorsetada por doctrinas como el realismo socialista. El artista debía servir a la ideología y al proyecto político; la disidencia podía pagarse con el silencio, el exilio o la cárcel. En Occidente, en cambio, existía una mayor libertad formal, pero eso no significa que la cultura fuera ajena a la política. Estados Unidos supo instrumentalizarla como una poderosa arma de influencia, apoyando determinadas corrientes artísticas y promoviendo una imagen de libertad creativa frente al control comunista.

El autor muestra cómo, aunque de forma distinta, ambos sistemas intervinieron, financiaron, censuraron o promocionaron expresiones culturales con fines políticos. El expresionismo abstracto con Jackson Pollock, las novelas de espías como Casino Royales de Ian Fleming o el famosos James Bond, el jazz de Louis Armstrong, Hollywood con películas como Boinas Verdes, Juegos de Guerra o El día después; los best sellers o novelas disidente del Este El doctor Zhivago de Boris Pasternak. Todos estos aparecen aquí no como fenómenos neutrales, sino como piezas de una estrategia más amplia.

Para mí el estilo del autor es de lo más aceptado, pues alejado de un tono académico pesado, el libro se lee con fluidez, combinado análisis histórico con referencias culturales muy bien escogida. Se agradece, además de no dictar sentencias morales tajantes, sino invitar a lector a pensar la complejidad del periodo y sus herencias. El epílogo, que conecta la Guerra Fría cultural con debates actuales, desde el auge del populismo hasta las nuevas batallas simbólicas del siglo XXI, refuerza la sensación de estar ante un ensayo profundamente contemporáneo.

Quizá su mayor virtud sea recordar que la Guerra Fría no terminó del todo en 1989 y que a día de hoy siga muy presente. En ese sentido, La otra Guerra Fría no solo explica el pasado, sino que nos ayuda a entender el presente.

En definitiva, al cerrar el libro, uno no puede evitar mirar el presente con cierta desconfianza. Si durante la Guerra Fría la cultura fue utilizada para orientar ideas y emociones, ¿Qué papel juegan hoy el cine, las series y las redes sociales que consumimos a diario?